miércoles, 24 de febrero de 2010

De cuerpos, amor y Turquía

Erotismo y locura
Siempre es grato sentarse frente a una imagen que no esté completamente normalizada, disciplinada. Sujetos dóciles, nosotros, los espectadores consumistas, estamos habituados a que las cosas estén siempre dentro de sus límites esperables, así como dentro de las buenas costumbres.
Contra la pared busca desplazar esos límites poniendo en imagen a unos cuerpos desmesurados. La locura, la violencia y la pasión se combinan para darnos la experiencia de lo que es estar vivo cuando uno logra salirse de las cárceles adormecidas de las buenas costumbres. Contra la pared es en primer lugar una historia de amor, pero el amor aquí tiene menos que ver con Tom Hanks y Meg Ryan que con la pasión que hace estallar todas las medidas de los amantes de Cassavetes. Se trata del amor como pasión, como esa experiencia que en primer lugar hacer estallar a los individuos que la viven, y de ahí su relación con la locura, su destino imposible y su intensidad.




Partiendo de un matrimonio arreglado, el amor-pasión comienza a aparecer lentamente. En medio del alcohol, las drogas y la violencia física contra uno mismo, una fuerza que supera todo ello comienza a poseer a la pareja de Cahit y Sibel, dos turco -alemanes que se conocen en una clínica para suicidas. Entre dos mundos, Fatih Akin pone al dilema turco en imagen: entre la civilización burguesa universal (la sociedad alemana, esa que en Al otro lado rechaza el asilo político a la joven guerrillera, y la turca de Estambul de la prima-gerente-de-Hotel) y la cultura local arcaica un tanto irracional, los personajes se partirán al medio cuando el dilema los atraviese: la restitución de la cárcel, el abandono de una familia por al amor, etc.
Se nos vienen a la mente al menos dos referencias para la película: en primer lugar, Bataille, ese magnífico pensador francés que escribió, entre otras cosas, sobre el erotismo. Para Bataille, el erotismo tiene que ver con la superación de los límites de la propia individualidad. El amor-pasión que nos presenta la película es erotismo desmedido. Se trata del erotismo de los cuerpos, de la desnudes de los cuerpos que tan a menudo nos es censurada, cortada e inhibida, en el cine comercial. Cuerpos, cuerpos cargados sexualmente, eróticamente. La desnudes es la primera forma de superar la propia individualidad, y como decimos, es un gusto disfrutar de ese tipo de desnudes en un momento en donde el cine (el comercial) se ha ido volviendo cada vez más pacato.
La desnudes es un paso hacia la superación de la individualidad. En la película, Cahit aparece desnudo, borracho, en su departamento, indiferente a la presencia de Sibet. A la fuerza, la pareja arreglada descubre al otro: y en la escena en donde el amor es declarado Cahit y Sibet se acuestan en la cama y descubren sus cuerpos, con los ojos, con las manos, con el cuerpo entero. El erotismo que hará que la individualidad de cada uno sea superada, es el mismo que también hará que se crucen las fronteras. Contra la pared, por cursi que suene, nos muestra que la pasión no reconoce fronteras: de un lado o del otro, la pasión no registra los límites.
El alcohol, la droga y la locura son en realidad consecuencias de vidas intensas que no soportan estar contenidas dentro de las costumbres, las rutinas y los buenos modales. El alcohol y la droga funcionan como un fármaco dionisíaco que pone fuera de sí a Cahit o Sibet. La escena en donde ella le pide por primera vez que se casen para así poder salir de su casa paterna nos recuerda a otro loco que estallaba de vitalidad: Vincent van Gogh. Sibet hace el pedido, Cahit se niega una y otra vez. Impulsivamente, sin dejar que Cahit piense demasiado, Sibet toma una botella de cerveza, la parte contra la mesa y se la clava en las venas. La voluntad de vivir se vuelve contra sí misma y no duda en destruir el propio cuerpo para hacerse camino. Sibel dice en el comienzo de la película, cuando todavía están en el Hospital: “Quiero vivir. Vivir, bailar, hacer el amor. Y no con un tipo solo”. Como van Gogh con la mano sobre la vela y la mirada en la amante, el amor-pasión de Contra la pared desafía incluso el bienestar de los amantes.



Este erotismo de los cuerpos nos recuerda la segunda referencia: se trata de una película de Cassavetes hijo, Cuando vuelve el amor. Allí también el amor desmesurado se convertía en una locura que le pasaba por encima a las buenas costumbres burguesas (si bien la desmesura de esta película comparada con la Fatih Akin es apenas un trago aguado). Sean Penn y Robin Wright Penn, atractivos en sus cuerpos no precisamente lindos según los parámetros de de los Pit y de las Angelinas, desafían la cordura y la buena vida cada vez que se cruzan. Hay en estos actores algo de los de Contra la pared: la fuerza de los rostros, con sus fisonomías marcadas, sus líneas fuertes, sus ojos vibrantes. La imagen, la historia y el amor se vuelven cuerpo, como en las películas del padre del director de Cuando vuelve el amor, John Casavetes. Aquí también nos encontramos con esos amores violentos, con esa pasión que desborda hasta el punto de la destrucción.

Belleza vs lindura
Lo lindo es lo apolíneo: la perfección de las medidas, de las proporciones, la limpia superficie iluminada. Gente linda es la que mayormente puebla las series, novelas de TV y los protagónicos en el cine comercial. Lo lindo se relaciona así con lo que Nietzsche llamaba lo apolíneo: el mundo de las representaciones, de lo elevado, de lo perfecto, de las formas y del orden. Nietzsche contraponía un arte apolíneo, que se reducía sólo a una imagen-representación, ordenada y pura, a un arte dionisíaco. Recordemos que lo dionisíaco se relaciona con el éxtasis, con la desmesura, con el vino del dios, con las orgías de sus discípulas, con el desmembramiento de las víctimas.



Un arte dionisíaco desborda las formas, expresa una fuerza imposible de representar que escapa a toda representación, de ahí que todo se venga a bajo o estalle cuando el arte se pone en contacto con esa vida desmesurada. Hay muchas películas dionisíacas. Pero siguiendo la línea del amor-pasión-locura, recordamos ahora la maravillosa Los amantes de Pont-Neuf, y la escena en donde los amantes beben descontroladamente vino, volcándose la mitad sobre el cuerpo, perdiendo rápidamente la cordura, abrazándose en un encuentro que se pone más allá de lo subjetivo: cada uno olvida su Yo mundano y se pierde en el erotismo en donde los cuerpos se vuelven uno.

Contra la pared nos trae esa experiencia de lo dionisíaco. Si lo lindo es la perfección de las formas, lo bello es la pasión de las formas, en este caso, de los cuerpos. Los cuerpos bellos no se caracterizan por su perfección sino por la potencia de atracción, de afección. En una de las primeras escenas, en donde ella le está pidiendo que se casen y él se niega, Cahit pregunta por qué casarse; Sibel dice: “¿Te gusta mi nariz? Tócala” Cahit pasa su dedo por la nariz, y toca sus labios en tono burlón. “Mi hermano me la rompió de un golpe”, termina lacónicamente Sibel.
La belleza podemos pensarla (por ponerle un nombre cualquiera) como la fuerza del cuerpo de atraer, de afectar a otros cuerpos. Hay cuerpos bellos cargados de fuerza de atracción, cuerpos como los de los personajes. Fatih Akin nos da otra experiencia que hay que agradecer: la de disfrutar de una belleza embriagante, dionisíaca, frente a tanta lindura apolínea, mesurada de portarretrato.



Erotismo, cuerpo, sangre. Solemos escuchar que el cine debe poder producir el sentimiento de identificación entre espectador-personaje para generar la ilusión de realidad. Nos identificamos con el personaje y vivimos su vida, peleamos por su victoria, su felicidad, así como odiamos a sus enemigos y sufrimos con su dolor. La identificación es un proceso psicológico aliado del engaño y la ilusión de realidad necesaria para mantener al espectador hora y media en la butaca. Contra la pared nos enseña algo muy profundo sobre este tema que habla del valor y el sentido de una obra de arte: la identificación es más bien atracción, y la ilusión psicológica, afección corporal. La película seduce con su locura, sus gritos, sus bailes, sus cuerpos desnudos. De esta manera, el vínculo entre personaje y espectador es corporal: el arte nos atrae, nos pega en el cuerpo, reaviva una memoria corporal inconsciente y nos hace sentir (nos afecta) en el cuerpo la experiencia de los personajes. Cuando el cine no busca vender, la persuasión es atracción. Cuando el cine es arte, la obra sola se convierte en un centro gravitacional: pura atracción de cuerpos.